EXPOSICIÓN PARCS I JARDINS
HASTA EL 17 DE JULIO
Ceramista desde los dieciocho años, Joan Mañosa comenzó en el oficio cuando, siendo jugador profesional de hockey, el presidente de su club le ofreció trabajar en su bòbila. Ahí nació su relación con la cerámica, que pasó a ocupar un lugar central en su vida durante más de sesenta años.
Recientemente decidió crear un ajuar completo de porcelana para cada uno de sus cinco nietos, una forma de poner al servicio de la materia toda una vida de oficio. Mientras modelaba y cocía esas vajillas, alternaba el trabajo con la acuarela, la tinta china y el óleo. Fue entonces cuando su hijo, Xavier, que hoy continúa con el oficio familiar, le animó a llevar también sus acuarelas a la porcelana. En la base de algunos vasos aún se conservan las huellas de aquellas primeras pruebas, pequeños ensayos con los que comenzó a trasladar el dibujo a la porcelana.
Pronto entendió que ambos medios obedecen a reglas distintas. En la acuarela, la pincelada es inmediata y visible; en la porcelana, la técnica de «pintar a gota» elimina ese gesto. La cocción transforma la materia y obliga a anticipar el resultado sin llegar a verlo mientras se trabaja. A 1.300 grados, los colores adquieren una intensidad distinta y la porcelana revela su translucidez característica.
De ese proceso nacieron las delicadas planchas que hoy conforman la exposición Parcs i Jardins. Las 93 piezas reúnen juegos, paseos y escenas cotidianas compartidas con sus nietos, trasladadas a la porcelana con un trazo puramente naíf. Imágenes delicadas, casi suspendidas en la materia, que conservan la magia de lo corriente. Como él mismo dice: «Quan més gran em faig, més nen petit em torno» («Cuanto mayor me hago, más niño me vuelvo»).
TEXTO DE XAVIER MAÑOSA SOBRE SU PADRE JOAN MAÑOSA
"A mi padre le mueve una inercia que no le deja estar quieto. Le inquieta pensar. Piensa haciendo.
Siempre cuenta que de pequeño iba a la vendimia y recuerda a un hombre mayor, el más lento de todos, que al final de cada jornada era el que más uva había recogido. Ni el más rápido ni el más fuerte. El que mejor distribuía la energía. Eso, y que nunca puedes tener las manos en los bolsillos en un taller.
Desconoce la pereza, o le avergüenza. Lleva dibujando toda la vida, los fines de semana, las vacaciones, los ratos muertos, y siempre lo ha hecho igual de mal. Lo sé porque siempre he estado ahí para decírselo, y él me escucha inmutable. Feliz, os lo digo, de verme en una situación tan ventajosa como saber dibujar un Son Goku.
El caso es que ha seguido. Tan a peor que finalmente todo tiene sentido. A los 79 años ha encontrado su espacio, entremezclando la cerámica que ha hecho siempre con el dibujo que nunca abandonó. Sin pretensiones, sin método, sobre todo sin miedo y con una inercia mágica que no le deja parar.
Mi hermana y yo somos, involuntariamente, los comisarios de esta exposición. Entre los dos le preparamos un trabajo de campo: los parques infantiles. A través de sus cinco nietos ha hecho un estudio riguroso de cómo trasladar la energía de la vendimia al suplicio de la espera en el parque, recogiendo a capazos lo mejor de cada uno."